Loca academia de Arqueología Mexicana 1. La odisea de la Coatlicue

La que tiene falda de serpientes

Nueva España, 1790.

El virrey Revillagigedo ha ordenado que se nivele la plaza principal de la Ciudad de México, por lo que los trabajadores ponen manos a la obra y comienzan a levantar las lozas y piedras que conforman la superficie. Pronto tienen que detener las obras. Han hallado dos piedras talladas que podrían ser de interés del Virrey.


Las piedras llevaban cerca de 300 años entrerradas, probablemente desde la caída de Tenochtitlan a manos de los españoles. Cuando fueron encontradas, España deseaba mostrarle al mundo que las tierras que había colonizado no habían sido habitadas por bárbaros sino por civilizaciones avanzadas, que poseían un alto grado de desarrollo artístico y matemático. Así, España recontaba la historia de la conquista de América, no como el abuso de una potencia sobre un pueblo primitivo, sino como una épica lucha de conquista, un choque de civilizaciones.

Las dos piedras encontradas sirvieron para los propósitos propagandísticos de los españoles. Una de ellas es la famosa Piedra del Sol. Durante años se pensó que se trataba de un calendario azteca, lo que mostraba que las antiguas culturas de México tenían un avanzado conocimiento del tiempo y de los astros. La Piedra del Sol tuvo el honor de ser colocada en una de las torres de la Catedral, donde permaneció durante muchísimos años a la vista de cualquier persona que pasara por ahí.

Fotografía de principios del siglo XX donde se puede ver aún la piedra del Sol en la base de la torre poniente de la Catedral.

La otra piedra encontrada, la Coatlicue, no corrió la misma suerte que la Piedra del Sol. Al ser una imagen bastante impactante; con su collar de corazones y manos humanas; con sus pies monstruosos y su falda de serpientes; decapitada y en lugar de su cabeza dos chorros de sangre brotan en forma de dos cabezas de serpiente... No era una imagen que les gustara demasiado a las autoridades eclesiásticas. Se decidió poner a la Coatlicue en el patio de la Real y Pontificia Universidad de México.

Fue una enorme sorpresa para las autoridades lo que ocurrió después. La gente, en su mayoría indígenas, esperaba a que la Universidad cerrara sus puertas para poder entrar a escondidas a rendirle culto a la diosa. Fue tal el fervor de la gente por el retorno de Coatlicue, que la Iglesia tuvo que tomar medidas.

Existe una sentencia que dice que muchas veces los arqueólogos entierran más evidencia que la que desentierran. Normalmente se usa para burlarse de cuando no se reconoce la importancia de un descubrimiento arqueológico ya que este requiere de un cambio los paradigmas de la historia, lo cual no siempre es fácil de aceptar. En el caso de la Coatlicue fue literal: las autoridades ordenaron que la grotesca diosa fuera enterrada nuevamente en el patio de la Universidad. 

En 1804, el explorador alemán Alexander von Humboldt visitó la Ciudad de México y se dedicó a estudiar todo lo que pudo encontrar en ella. Antes de que la Coatlicue fuera re-enterrada, un novohispano ilustrado llamado Antonio de León y Gama escribió un libro describiendo las dos piedras que habían sido descubiertas en 1790. 

Estudio de la Coatlicue que aparece en el libro de Antonio de León y Gama.

Humboldt leyó el libro y le llamó la atención que solamente pudo ver la Piedra del Sol en la Catedral, pero no encontraba a la Coatlicue por ninguna parte. Alguien le contó que la Coatlicue había sido enterrada dado que despertaba la idolatría y el paganismo de los indígenas. Con la intervención de un obispo, el explorador alemán logró que la Coatlicue fuera desenterrada para que pudiera verla y estudiarla. Humboldt logró verla brevemente y bosquejar una descripción de la diosa. Cuenta la leyenda que el explorador acompañó a su casa al obispo, que estaba muy cerca de la Universidad, y que cuando volvió la Coatlicue ya había sido enterrada nuevamente. 

Humboldt se fue y llegaron años convulsos para lo que hoy es México. En 1810 comenzó la guerra de independencia, la cual duró alrededor de 11 años en los que nadie consideró a la Coatlicue una prioridad. Supongo que la diosa ya estaba acostumbrada a vivir bajo la tierra. Cuando se forjó la idea del nuevo país al final de la Independencia, las antigüedades mexicanas recobraron su importancia. La Coatlicue fue desenterrada por orden de Lucas Alamán. Este fue su último desentierro. Durante algunos años permaneció enrejada en el patio de la Universidad, a donde también trasladaron durante algún tiempo a la estatua ecuestre de Carlos IV, el famoso caballito de Manuel Tolsá.

Interior de la Real y Pontificia Universidad de México, del artista Pietro Gualdi. Al centro se puede ver "el Caballito" mientras que en la esquina inferior izquierda, detrás de la reja puede verse a la Coatlicue.


Al ir cobrando forma la arqueología mexicana durante el siglo XIX, la diosa fue movida un par de veces más. Primero fue trasladada de la antigua Universidad a lo que fue el Museo Nacional, en lo que hoy es la calle de Moneda, donde permaneció, ya sin rejas, durante casi un siglo. 

La Coatlicue y la Piedra de Tizoc en el Museo Nacional cerca de 1885.

Finalmente, en 1964 fue trasladada al lugar donde hoy en día puede visitarse; el Museo Nacional de Antropología. No estoy seguro de que, a escondidas, haya alguien que aún le rinde culto a la diosa, pero no lo dudo. Me gusta pensar que el futuro le depara todavía muchas aventuras a la Coatlicue, y que este es solamente un hogar temporal. Tal vez solamente un pariente suyo, Tezcatlipoca, dios de la providencia, sepa a donde viajará la terrible e inquieta diosa. 


"Vuelo" de la Coatlicue a su hogar actual, el museo de Antropología.










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